![]() |
|
| Inicio | Suscripciones | Contáctenos |
|
CrónicaLa encrucijada de BuenaventuraAl salir de Buenaventura se tiene la sensación de que los problemas son múltiples y complejos, pero también la certeza de que hay mucha gente haciendo la tarea para que las nuevas generaciones puedan disfrutar del bello puerto del mar al que tanto le cantó Petronio. Crónica. Por Esaúd Urrutia Noel
Una vez se cruza el peaje de Loboguerrero, el punto donde se encuentran las vías que de Cali y Buga conducen a Buenaventura, el viaje hacia la puerta del Pacífico se vuelve tortuoso y agotador. Decenas de camiones que transportan inmensos contenedores hacen que el desplazamiento sea lento y peligroso. Es necesario armarse de mucha paciencia, pues los camiones conforman largas filas que hacen poco menos que imposible adelantar a estos gigantes de las carreteras, en una vía estrecha y carente de rectas. El espíritu se anima cuando al llegar a las inmediaciones de la ciudad, la carretera se bifurca y las pesadas tractomulas se desvían por la ruta de la Vía Alterna Interna, mientras los vehículos livianos toman la Avenida Simón Bolívar, ruta tradicional hacia el centro de la ciudad. La alegría dura poco, pues el visitante espera encontrar una Buenaventura cuyo desarrollo e importancia sean acordes con el título de primer puerto colombiano sobre el Pacífico, pero lo que se ve es una ciudad lúgubre, construida sin planeación, con edificaciones maltrechas y corroídas por el salitre, donde la mitad de la población no tiene servicio de alcantarillado y sólo se dispone del servicio de agua potable durante seis horas al día. En la periferia y en las zonas de bajamar crece, sin orden ni control, un inmenso bosque de ranchos miserables, que acogen a más de doce mil familias, venidas, en su mayoría, de otros municipios del Litoral Pacífico, que ponen una alta cuota en las estadísticas de pobreza en Colombia. El centro de la ciudad es un hervidero humano. Gente que va y viene sin destino aparente, detrás de cuyas sonrisas y sonoras carcajadas se esconde el miedo que, de a pocos, se ha ido adueñando de una población dominada por el crimen y la falta de empleo, que ya cruzó la cifra del 50%, según los bonaverenses, aunque la Encuesta Continua del Departamento Nacional de Estadísticas, Dane, asegura que la desocupación es del 28,8%. La desesperanza también se refleja en el rostro de hombres, mujeres y niños; de jubilados y pensionados, que desde muy temprano se dan cita en el los parques Néstor Urbano Tenorio y Gerardo Valencia Cano, también conocido en Buenaventura como el de las ‘Palomas Caídas’. Ellos, como muchos porteños, están convencidos de que Buenaventura se jodió desde el instante en que se hizo efectiva la privatización de la empresa Puertos de Colombia, dinamizadora de la economía local.
“Luego del proceso de privatización de Puertos de Colombia, que era la médula de esta ciudad, se sintió un gran impacto social y económico, pues se suprimieron o se debilitaron muchas empresas. No hubo medidas de compensación y se fracturó el equilibrio de Buenaventura”, aseguró Ómar Barona,quien falleció poco después de entregar sus declaraciones a este reportero. Con esta decisión gubernamental se debilitó la comunidad.La sociedad, que antes estaba unida en torno al puerto, se fracturó y se crearon los escenarios para todo lo que hoy ocurre en Buenaventura, según argumentó el dirigente académico. El narcotráfico encontró el caldo de cultivo para su expansión y los actores armados se afincaron en esta zona, que de por sí es un corredor estratégico para la guerrilla, los paramilitares y narcotraficantes. De otra parte, muchos bonaverenses se quejan de que hubo una estigmatización al trabajador portuario, debido a los logros alcanzados mediante convenciones laborales, olvidando que el trabajador raso nunca manejó la empresa.“Se confundió Foncolpuertos con Puertos de Colombia, con el único propósito de hacerle daño al pueblo, y el consecuente desbarajuste económico y social”, argumentan ex trabajadores portuarios. Pero lo más grave –advierten– es que a diez familias se les entregó toda la infraestructura portuaria. Según ellos, estas familias, importadoras, exportadoras y hasta operadoras portuarias trajeron a una nueva generación de trabajadores, al tiempo que envilecían los salarios, con pagos por debajo del mínimo legal. Todas las conquistas laborales, obtenidas a través de distintas convenciones, se fueron al suelo. Según los pensionados, se retornó al oscurantismo laboral de cuando la entidad hizo tránsito de Ferrocarriles Nacionales hacia empresa portuaria en la década del cincuenta. De ese bello puerto del mar que habla la canción insignia de Petronio Álvarez, el legendario cantautor bonaverense, no queda nada. Hoy, Buenaventura es una ciudad decadente, plagada de necesidades, separada del puerto que le dio vida por los infranqueables muros de la Sociedad Portuaria Regional. Como eufemismo de compensación –dicen los lugareños de a pie– se creó, con supuestos perfiles sociales, la Fundación Sociedad Portuaria, pobremente inyectada de recursos, “plagada de intereses políticos y económicos, que sólo ha funcionado en contubernio con una clase política corrompida. Por eso su balance es doloroso, pues no respondió a las expectativas y no generó el impacto que los administradores del puerto anunciaron desde que asumieron la empresa”, asegura el sociólogo Marcelo Nieva Castro. Para los bonaverenses, la privatización del puerto ha sido una gran lección para quienes pusieron por delante los intereses personalistas por encima de una comunidad que ha pagado los costos de los errores políticos de otros con hambre, miseria y violencia. “En todos los países del mundo el puerto es manejado por la autoridad portuaria, es una actividad especializada, pero aquí los dueños no son expertos y sólo les interesa el negocio; carecen de generosidad patriótica. Un oligopolio como éste no puede garantizar paz social a Buenaventura. Con un puerto en donde los empleados canjean vida y juventud por un salario de esclavos”, se dolía Ómar Barona. En Buenaventura existe la certeza generalizada de que el puerto es fruto del sudor y la sangre de sus mayores. Por eso aseguran que tienen derecho a las compensaciones sociales que tanto reclaman. “Se suponía que la participación del estado era reguladora, pero el ex gobernador Fernando Bonilla Otoya vendió las acciones del Valle del Cauca, en una actitud que no fue ética. Al Gobierno le ha faltado visión, decisión de Estado para enmendar esta situación. Al Congreso también le cabe culpa, pues se prestó para esta privatización”, dice la abogada Esperanza Caicedo.
No futuro Caminar por sectores como El Lleras o La Inmaculada en Buenaventura y, en general, por las comunas Tres, Cinco y Doce, donde residen más de 60 mil personas y que frecuentemente permanecen en toque de queda desde julio del año pasado, es todo un desafío a la muerte. El año pasado, más de 500 personas fueron asesinadas en Buenaventura, de acuerdo con los registros de la Fiscalía Seccional de Buga, que tiene jurisdicción en Buenaventura, un promedio de escándalo para una ciudad de 324.207 habitantes, según el último censo de población realizado por el Departamento Nacional de Estadísticas, Dane. “¿Quién se ha preocupado por ellos?, ¿quién sabe dónde viven, si comen o estudian? - se preguntaba Ómar Barona -. Es la agresividad de la indiferencia, en una ciudad en la que se perdió la frontera de lo bueno y lo malo, donde se usa la norma para engañar, la perfidia”. Todas estas condiciones sólo le dejan a los jóvenes dos opciones: quedarse en medio del terror y el miedo o irse. Muchos prefieren el exilio, generando un destierro forzoso de hombres y mujeres desperdigados por todo el mundo. “¿Esta actitud del Estado para con Buenaventura es una política de exclusión programada, calculada? ¿Es desprecio por el derecho de gentes? ¿Todavía en estos tiempos los dirigentes tienen el atavismo de la esclavitud? ¿Les falta visión? ¿Es posible una identidad nacional en estas condiciones? ¿Un negro al que se le arrebatan todos los derechos podrá sentirse colombiano?”, se interrogaba el rector de la Universidad del Pacífico. Según explica Óscar Gamboa Zúñiga, un reconocido líder porteño, que trabaja con organizaciones afrocolombianas, la combinación de la pobreza y la privatización portuaria generó el caldo de cultivo para que el negocio del narcotráfico involucrara a jóvenes y adultos en la industria criminal, generando paradigmas del dinero fácil. “En lo local también hay problemas graves de dirigencia y liderazgo político. No hay incidencia real y efectiva en el Congreso ni en el Gobierno Nacional, para que se le pueda dar una mirada estructural a Buenaventura. Aquí se requiere un nuevo Plan de Desarrollo, que se adapte a las circunstancias actuales de cerca de 400 mil habitantes, y contemple la incidencia del proceso migratorio hacia el puerto desde otras localidades de la región”, expresa Gamboa Zúñiga, director ejecutivo de la Asociación Nacional de Alcaldes de Municipios con población Afrodescendiente, Amunafro.
Las salidas Detrás de este panorama desolador, con una administración municipal que parece sin horizontes, que se lamenta por la falta de recursos para emprender los programas sociales, también hay un ejército de ciudadanos trabajando a contracorriente para construir un futuro distinto, como dice la abogada Carmela Quiñones. “En la Universidad del Pacífico, por ejemplo, estamos formando profesionales con criterios de excelencia, liderando ejercicios de solidaridad, de recuperación de valores, de nuestra memoria histórica, como lo hizo Guatemala. Necesitamos actuar con prudencia y sensatez para fortalecer una sociedad constructiva. Todavía hay esperanzas”.
Como ella, otros bonaverenses coinciden en que debe haber una catarsis, pero que el Estado tiene que garantizar las condiciones para crear una nueva dirigencia, una elite bien formada, competente y generosa, que complemente los esfuerzos del sector académico para educar a las nuevas generaciones. De otra parte, es necesario pensar en soluciones regionales, que permitan un desarrollo equilibrado, para evitar las migraciones que dificultan la realidad de Buenaventura, como explica la arquitecta Viviana Obando, quien lideró el Plan de Ordenamiento Territorial del Pacífico. “Como puerto, si se aprueba el famoso TLC con Estados Unidos se potenciaría la actividad portuaria - agrega Óscar Gamboa -. Pero se debe diseñar una nueva relación puerto-ciudad, para que esta última realmente sienta los beneficios del tratado. Además la posición geoestratégica de Buenaventura es envidiable, con una oferta especial para el turismo, por su biodiversidad, con recursos maderables y mineros únicos”. Le apuesta a la educación como dinamizadora de una nueva Buenaventura es compartida por muchos líderes porteños. De hecho, ésta ha sido el plan bandera de la actual administración municipal, con resultados sorprendentes en materia de cobertura, al punto que se pasó de 65.000 a 102.000 alumnos en el sistema educativo en los últimos 30 meses. “Ya tenemos a los jóvenes estudiando. Ahora nuestro reto es mejorar la calidad de la educación y reducir al máximo los índices de deserción escolar. Para ello se debe trabajar en la capacitación a los docentes, involucrar a los padres de familia en los procesos pedagógicos y garantizar los recursos para mantener los programas de gratuidad de la educación”, explicó Irma Yaneth Alomía, ex directora del centro educativo Simón Bolívar. El Plan contempla las principales necesidades de la ciudad-puerto en los próximos diez años e incluye la disponibilidad de recursos para la construcción de la doble calzada Buga-Buenaventura, el Centro de Actividades Económicas y los estudios de competitividad para la expansión portuaria. De concretarse estas iniciativas, se generarían los empleos que tanto se reclaman. Pero eso dependerá de la actitud que asuman los líderes porteños para exigir ante el Gobierno el cumplimiento de este Plan, cuyo costo es de un billón 200 mil millones de pesos. Al salir de Buenaventura se tiene la sensación de que los problemas son múltiples, pero también la certeza de que hay mucha gente haciendo la tarea, para que las nuevas generaciones puedan disfrutar del bello puerto del mar al que tanto le cantó Petronio.
La lección del padre IsaacEl religioso español cambió la vida musical del Chocó. Sus enseñanzas formaron a grandes como Jairo Varela. El cronista Juan José Hoyos escribió una bella historia sobre el padre, publicada en su más reciente libro, Viendo Caer las flores de los guayacanes. Ébano Latinoamérica reproduce la voz de este gran cronista antioqueño.
Viene caminando por el malecón. A unos metros, corren en silencio las aguas del río Atrato. Lleva puesta una sotana blanca y empuña en una mano un paraguas negro. En la otra, aprieta con fuerza contra el pecho una Biblia. Sus ojos vivos y grises repasan el paisaje a orillas del río, las canoas que suben y bajan, la gente que llega. No es muy alto. Sobre su cabeza brilla un sombrero blanco. Debajo del sombrero puede verse el rostro de un hombre entrado en años, de piel blanca quemada por el sol, labios delgados y nariz aguileña. Es la cara de un hombre pacífico, austero, difícil de perturbar, pero al mismo tiempo recio y lleno de amor por la gente. Así lo recuerda el escritor Carlos Arturo Caicedo Licona. Es el padre Isaac Rodríguez Martínez, un misionero claretiano de origen español, desconocido para muchos colombianos, que cambió la vida musical del Chocó, donde entregó su vida formando a los nuevos músicos de esa hermosa y empobrecida región del Pacífico. El padre Isaac nació en 1907, en Santalla, España, en la región de Castilla La Grande, y jamás quiso regresar a su patria. “Mi patria es la que pisan mis pies de misionero”, dijo poco antes de morir en Quibdó en 1989.
Isaac fue ordenado sacerdote en 1934 y un año después, - cuando ya había acabado también sus estudios musicales – se embarcó hacia América en el vapor Magallanes. De este modo se unió al grupo de misioneros claretianos que desde 1909 empezaron a trabajar entre los negros y los indios de la región del Chocó. En esa época, no había carreteras ni hospitales. Se viajaba por los ríos en canoas. La selva virgen cubría la mayor parte del territorio. Hasta 1924, habían llegado de España 62 misioneros y sólo quedaban 12. Ocho habían muerto al contraer enfermedades tropicales. Los otros 50 habían tenido que abandonar el Chocó y habían regresado a España o habían sido trasladados a tierras más benignas. Durante doce años, el padre Isaac viajó por las selvas y los ríos del oriente del Chocó levantando capillas y trabajando como misionero en las zonas de Lloró y Bagadó, pobladas por comunidades negras de tradición minera. En 1947, sus superiores lo enviaron a Catrú, un poblado indígena situado en el río Baudó. Durante la violencia de 1948, allí fue asesinado a tiros su compañero, el sacerdote español Modesto Arnaús. Después del crimen, el padre Isaac fue trasladado a Quibdó. La capital del Chocó vivía entonces una época de florecimiento provocada por la explotación del oro de los ríos. Según el escritor Carlos Arturo Caicedo Licona, “no había mendigos y robar lo ajeno era pecado capital que se pagaba con el extrañamiento social.
Las puertas de las casas dormían hasta el amanecer sostenidas apenas por una silla. Y como los blancos ricos eran riquísimos de verdad hacían cosas extravagantes como eso de comprar carros en Nueva York para lucirlos los domingos paseando desde la cabecera hasta la iglesia, en ocho cuadras reiterativas, ruidosas, en las que la gente caminaba en procesión detrás del carro, esperando que él se apagara y que no prendiese en esta ocasión con la manivela, para así tener la oportunidad única en la vida de empujarlo”. Caicedo Licona recuerda que los blancos hacían bailes cerrados y los negros de primera clase, igual. Los hombres que bailaban con las bandas de jazz se cambiaban dos veces de ropa en la noche para no sudar sus parejas, muchachas de piel morena que usaban perfumes traídos de París. Los negros también bailaban al son de la música cubana y chocoana, de sus tamboras, sus bongóes y sus guaguancós. El padre Isaac, que había sido organista y director musical en Pamplona, España, y había estudiado en la Real Academia de Música de Madrid, encontró en Quibdó la tierra apropiada para sembrar las semillas que traía en su corazón. En 1950 ya había formado un coro masculino con voces muy disciplinadas que él acompañaba con su armonio. En 1965, con los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II, el coro empezó a cantar música vernácula. Poco después, el padre tuvo la idea feliz de fundar una escuela parroquial de música. Allí empezó a enseñar solfeo y composición. Entonces empezó la labor más importante de su vida: con el mismo rigor con que lo habían formado a él los músicos españoles Tomás Manzárraga, Luis Iruarrízaga y Babil Echarri, él formó a una generación de jóvenes músicos del Chocó como Alexis Lozano Murillo, Neivo de Jesús Moreno, Jairo Varela Martínez, Hansel Camacho, Jesús Botero Mosquera, Francisco García, César Murillo Valencia y muchos más.
Algunos de esos músicos formaron después orquestas tan importantes en la música popular colombiana como el Grupo Niche, la Orquesta Guayacán, el Golpe de Amporá, Contundencia… En un comienzo, a las clases asistieron muchos jóvenes, algunos de ellos verdaderos prodigios de la composición, como Jairo Varela Martínez. Pero pasar una lección con el padre Isaac, que se guiaba por el mismo método que él había aprendido en el Conservatorio de Madrid, era difícil. El que pasaba la primera lección, a veces se quedaba en la segunda o en la tercera. Sólo llegaban a la final los que eran disciplinados, los que no desfallecían, los tercos. La forma de pagar las lecciones era a su vez otra gran lección. En el momento de la matrícula, el padre Isaac les exigía a los jóvenes músicos pagar la totalidad del curso. Para eso, los muchachos casi siempre tenían que hacer grandes esfuerzos y además de ahorrar, debían endeudarse. Pero a medida que iban aprobando cada nivel, el padre les devolvía una parte del dinero. !El día del concierto de grado, cada estudiante que acababa el curso recibía hasta el último centavo! Muchas veces me he preguntado qué es ser maestro. Tal vez, entregarlo todo, me dije una vez. Creo que ahora, por fin, lo aprendí con la lección del padre Isaac.
|
|
|||||||||||||||
Copyright © 2005 Revista Ebano Latinoamérica |
|||||||||||||||||
| REVISTA EBANO LATINOAMERICA | |||||||||||||||||
CALLE 17B No. 56-157 Teléfonos: 683 2268 - 333 9494 Celulares: (315) 480 9918 - (315) 369 9071 Cali - Colombia |
|||||||||||||||||
Sitio web diseñado y administrado por MANTIX SOLUTIONS |
|||||||||||||||||