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PortadaUna fuerza política en crecimientoPiedad Córdoba ha sido reelegida tres veces al Senado. Su imagen política se fortalece, a pesar de haberse enfrentado a los últimos cuatro presidentes de Colombia, a los narcos y a los paramilitares. Por Esaúd Urrutia Noél
Con un beso en la mejilla, el mandatario saludó a su más acérrima opositora. Ese gesto de Uribe, que fue pasto de extensos comentarios y que inspiró el trazo de los caricaturistas de la prensa nacional, se constituyó, sin intención aparente, en el preámbulo de un capítulo más amable en la tormentosa relación de la congresista y el Presidente. Nacidos ambos en Antioquia, los avatares de la vida política los llevó por caminos distintos, tras un comienzo armonioso hace más de dos décadas, cuando los hoy curtidos políticos recorrían el Valle de Aburrá, como militantes del Partido Liberal. —Dígales a ellos que este hombre, dentro de algunos años, será Presidente de Colombia—, le pidió Piedad Córdoba al traductor, mientras señalaba a Uribe Vélez, quien, junto a ella, le daba la bienvenida a unos congresistas norteamericanos, invitados a un certamen internacional, organizado por la senadora liberal en el Hotel Intercontinental de Medellín, en 1997. —Dígales a ellos que esta dama es mi jefa política—, agregó Uribe Vélez. Muy lejos estaban los dos liberales de pensar que un día transitarían caminos separados por el abismo de las ideas, por la manera de concebir la política. Una distancia que pareciera insalvable, luego de que Uribe Vélez, en 2002, alcanzara la primera magistratura del país, tal como lo previó Piedad Córdoba, pero no bajo el seno de su partido, sino liderando un movimiento político, al que si bien se le unieron muchas expresiones del liberalismo, también recibió un decisivo apoyo de grupos paramilitares, según lo denunció la senadora en múltiples escenarios del país y del exterior.
Durante el primer cuatrienio de Uribe en la Casa de Nariño, Piedad Córdoba se erigió en una de sus más fuertes opositoras. Sus críticas arr eciaron y, debate tras debate en el Congreso, enarbolaba cifras y testimonios que desmentían los informes del Gobierno sobre avances de la Economía, la Seguridad Democrática y la reducción del desempleo. Y durante la campaña por el segundo mandato de Uribe, mientras el país se estremecía por las denuncias que inculpaban al Departamento Administrativo de Seguridad del Estado, DAS, de tener nexos con los grupos paramilitares y el narcotráfico, Piedad redobló los esfuerzos de su cruzada antiuribista, con el ímpetu de su atavismo africano. “Dudo mucho que este Presidente, que se ha envestido como todopoderoso y que todo lo sabe, no tenga idea del dinosaurio que tiene en su gobierno. Solicito al Primer Mandatario despojarse de su aspiración reeleccionista”, declaró, de forma enérgica, ante un enjambre de periodistas. Acostumbrada a batirse en los espacios más hostiles de un territorio donde todavía se mide el valor de los seres humanos de acuerdo con la tonalidad de su piel, Piedad Córdoba aprendió a hablar de frente, sin temores. A decir las cosas como se las dicta la conciencia. Su franqueza legendaria le ha valido el reconocimiento de amigos y detractores, pero no pocos también la tildan de camorrera impenitente. Por eso, cuando para más del 70% del país hablar mal de la gestión de Uribe Vélez era casi una herejía, Piedad Córdoba iba diciendo por ahí, en cuanto escenario se le antojara, que este era un gobierno paramilitar, e ilegítimo; que el Congreso debía cerrarse, pues muchos de sus colegas, con cuyos votos había sido elegido el Presidente, sólo eran títeres del paramilitarismo. Su voz y sus fuertes declaraciones ni si quiera cesaron cuando en el año 2005, el Consejo anuló los votos de varias mesas en diferentes regiones del país y, después del reconteo de los sufragios, Piedad Córdoba fue despojada de su credencial como congresista de la República. La pérdida de su curul se la atribuyó a la presión paramilitar y al ex ministro Fernando Londoño, a quien arrinconó en varias oportunidades con sus debates en el Congreso. “Yo tengo enemigos muy poderosos, como los mismos paramilitares y también como el ex ministro Fernando Londoño Hoyos, que hicieron hasta lo imposible para que esto se diera”, le dijo en entrevista al periodista Camilo García de Actualidad Colombiana. “Habla ante quien quiere oírla, cuando no la oyen, grita, y cuando tampoco gritando la atienden, marcha o baila para defender a los pobres, a los marginales, a esos ignorados que ahora parecen importar menos que nunca. ”Tiene el carácter que le falta a la mayoría de los hombres —prosigue Coronell—. Secuestrada por Carlos Castaño le gritó asesino en su cara, sin inmutarse. Como si hubiera nacido para esperar ese disparo, cubierta sólo por la armadura de su verdad. Deshaciéndose de miedo por dentro, pero sin mostrar un solo gesto de debilidad. Se sentó a fumar el último cigarrillo, a pensar en sus hijos y a esperar lo inevitable. Pero ese no fue su día. Increíblemente Castaño, que ya la saboreaba entre sus fauces, la devolvió… …”No ha sido la única vez que se le ha escapado a la muerte. Dueña de un arrojo singular, suele caminar de frente hacia el peligro cuando otros se alejan a toda carrera. Por eso, de cuando en cuando, le quieren ‘robar el carro’, como reza la explicación oficial sobre las conjuras contra su vida… ”Capaz de enormes sacrificios y de nadar contra la corriente de manera indefinida, esta mulata se ha inventado una nueva forma de hacer política. Logró sacudirse del samperismo, y hoy es quizá la crítica más fuerte del ex presidente, al que tanto defendió”, escribió Daniel Coronell. Luego de su salida del Congreso, creó el movimiento político Poder Ciudadano Siglo XXI, un brazo disidente dentro del Partido Liberal, orientado a trabajar por los Derechos Humanos, el medio ambiente y la equidad social, con el propósito de construir una Colombia incluyente, trabajando sin pausa desde el Congreso, al que retornó en el año 2006. Piedad Córdoba siempre ha ido en contravía. Con vocación suicida y sin cálculos políticos. También ha librado batallas épicas contra César Gaviria, contra Ernesto Samper y contra Andrés Pastrana, los tres hombres que precedieron a Uribe en la Casa de Nariño. Se ha enfrentado a paramilitares, narcotraficantes, guerrilleros, empresarios... ¿Cómo puede sobrevivir alguien, física y políticamente, cuando se tiene tantos y tan poderosos adversarios?
El acuerdo humanitario El 15 de agosto de 2007, 25 días después del beso en el Capitolio Nacional, el presidente Álvaro Uribe le solicitó a Piedad Córdoba que aceptara el papel de facilitadora del acuerdo humanitario, para impulsar la liberación de los secuestrados por las Farc. Diez días atrás, frente a las cámaras de televisión, durante el programa Aló Presidente, la congresista pidió la mediación de Hugo Chávez para la paz de Colombia y, de paso, le solicitó ayuda para la construcción de un acueducto en Quibdó, la capital del departamento del Chocó. Esa petición de la senadora, que vieron y escucharon millones de televidentes, replicada con profusión por todos los medios colombianos, desató otra tormenta política de esas a los que Piedad Córdoba tiene acostumbrado al país. Pero sorprendió más Uribe, cuando autorizó, además, la mediación del mandatario venezolana para el acuerdo humanitario. Desde entonces, la congresista inició una actividad frenética, asumió su trabajo con entera dedicación y multiplicó sus viajes a Caracas. Se internó en la selva colombiana y se entrevistó con el jefe guerrillero Raúl Reyes el 17 de septiembre último. De la manigua regresó cargada de optimismo, con un vídeo que registraba su conversación con el subversivo y con una carta de Manuel Marulanda, el máximo líder de las Farc, dirigida a Hugo Chávez. Dieciocho días después, Piedad estaba en una cárcel de Texas, Estados Unidos, donde se entrevistó con Anayibe Rojas, alias Sonia, integrante de las Farc, extraditada por narcotráfico. Durante esa visita, la guerrillera le manifestó a la facilitadora su voluntad de excluirse de la lista de los 498 guerrilleros pedidos por las Farc, para el canje por los secuestrados, si eso ayudaba a cristalizar el acuerdo humanitario, la misma disposición que mostró Ricardo Palmera, alias Simón Trinidad, el otro guerrillero extraditado a Estados Unidos, con quien la senadora se reunió en un tribunal federal de Washington, el pasado 31 de octubre. Piedad Córdoba también viajó a Francia, donde ella y el presidente Chávez se reunieron con el presidente de ese país, Nicolás Sarkozy, con quien compartieron los avances del proceso y las ideas del mandatario venezolano para lograr la liberación de los secuestrados. Todo parecía marchar bien. Las posibilidades de un acuerdo humanitario eran cada vez más claras. Hasta que en la noche del pasado miércoles 21 de noviembre, El Presidente de Colombia decidió terminar de forma unilateral con la mediación que su homólogo venezolano, Hugo Chávez, y la senadora Piedad Córdoba mantenían entre el Gobierno colombiano y las Farc, en la búsqueda del acuerdo humanitario. Según un comunicado de la Casa de Nariño, “la senadora Piedad Córdoba llamó telefónicamente al comandante del Ejército, General Mario Montoya, le pidió una cita y, a continuación, le pasó al teléfono al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien le hizo al general Montoya preguntas sobre secuestrados por las Farc”. Según el Gobierno colombiano, que ya había expresado su malestar por la falta de sigilo de Chávez en el proceso, fue la gota que rebosó la copa. Chávez, que suele ser impredecible, esta vez respondió a con un comunicado sobrio, aceptando los términos diplomáticos de la decisión del presidente Uribe. Lo mismo hizo Piedad Córdoba, que desde que asumiera el papel de mediadora, había adoptado una actitud menos impetuosa.
El comienzo La vida de Piedad Córdoba no ha sido fácil. Y mucho menos cuando decidió meterse a líder, en un país donde las pasiones políticas generan las más perversas formas de intolerancia. La han insultado, la han vitupereado, la han agredido en restaurantes, en aeropuertos en centros comerciales. La han secuestrado y hasta han puesto precio a su cabeza para ponerle dique al caudal de sus ideas. Pero Piedad se ha mantenido firme. Aprendió a ser fuerte desde su infancia en Medellín, donde nació el 25 de enero de 1955. Su padre, Zabulón Córdoba, un profesor chocoano que se fue a la capital de Antioquia a buscar una mejor vida, conformó una familia con Esneda Ruiz, una paisa de pura cepa. Con sus siete hijos tuvieron que atrincherarse en un barrio de Medellín, de donde muchos vecinos querían expulsarlos por negros y porque, supuestamente por esa condición, eran mensajeros de malos presagios. En la política, también se inició en territorios difíciles: las comunas de Medellín, donde al lado del líder político William Jaramillo, empezó a mostrar ese carácter de hierro forjado que la caracteriza a la hora de defender sus ideas y los intereses de las minorías en Colombia. En 1984 ocupó su primer cargo público: subcontralora Municipal de la capital antioqueña. Dos años después, cuando William Jaramillo llegó a la Alcaldía de Medellín, la nombró como su secretaría privada, su mano derecha, dentro de la administración. El futuro político de Piedad Córdoba empezaba a labrarse. En 1994 fue elegida senadora y reelegida en tres ocasiones en el Senado, pues aunque carece de maquinaria política, ha sido favorecida por el voto de opinión de quienes creen que su voz es importante en el Congreso. No en vano, la revista Semana la escogió entre las 50 personas más influyentes del país. De pensamiento liberal, progresista, no sólo asumió la causa de los desvalidos, de los millones de pobres y miserables que malviven en los asentamientos urbanos y rurales del país, sino que ha sido una abanderada de la lucha por la equidad y la inclusión de los afrocolombianos e indígenas; de los gay, lesbianas y transexuales. En su andar, Piedad Córdoba se ha ganado la malquerencia de muchos; la crítica de analistas equilibrados y de otros que, sin la fuerza del argumento, la llaman ‘La Negra’, con ese dejo que adoptan algunos colombianos para socavar la autoestima de los afros. Pero ni el debate de altura ni la crítica artera han podido doblegar su personalidad de cemento armado. En la madrugada del domingo 25 de noviembre, en el programa radial Colombia Universal, la senadora le confesó al periodista Erwin Hoyos que el día anterior había sido notificada de que la Corte Suprema de Justicia le abrió un proceso por concierto para delinquir y traición a la patria, atendiendo a una denuncia por las declaraciones de Piedad Córdoba en México, en marzo de 2006, cuando hace algunos meses dijo que los países latinoamericanos debían romper relaciones con Colombia, aduciendo la ilegitimidad del mandato de Uribe. Este proceso jurídico que tendrá que afrontar la congresista seguramente terminará en nada, como advierte un analista político, para quien esta debe ser otra de las maniobras maquiavélicas orquestadas por José Obdulio Gaviria, el asesor presidencial. Entre tanto, son muchos los colombianos que cierran filas en torno a la aguerrida congresista antioqueña, a quien las encuestas comienzan a sonreírle, como se evidencia en el último sondeo de la firma Invamer Gallup, publicado el 23 de noviembre último, en la que subió nueve puntos, con un 42% de imagen favorable, mientras que la desfavorable bajó del 38 al 32 %. Los afrocolombianos, por su parte, que aún no encuentran una figura que los aglutine en torno a un propósito político grande, comienzan a ver en Piedad Córdoba esa figura descollante por la que tanto han esperado. A tal punto, que muchos aseguran que el verdadero censo de los negros en el país se hará el día que la congresista tenga su foto en un tarjetón de candidatos presidenciales.
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