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SemblanzaLarry Palmer le apuesta a los pobres de América LatinaEl diplomático norteamericano, ahora presidente de la Fundación Interamericana, reitera su compromiso con los afrocolombianos, especialmente con los habitantes de la Costa Pacífica.
Su cabellera casi blanca, al estilo afro de los años setenta, le da un aire paternal, que también se refleja en su manera de expresar cada palabra. De hablar parsimonioso, piensa muy bien cada oración. Su discurso, que acompaña con movimientos permanentes de sus manos, es el de un hombre estudioso, de academia. Su habilidad como orador fue forjada con paciencia de artesano por Berenice Jackson Tillman, su profesora de primaria, quien le ayudó a vencer el temor a hablar en público y le despertó el deseo inagotable de aprender. Hoy, el diplomático asegura que las palabras de agradecimiento para sus padres y maestros resultan insuficientes, pues ellos crecieron en una época en la que el sistema de segregación anulaba cualquier oportunidad, aun para los más inteligentes, obligándolos a sacrificar sus ambiciones, pues no había nada que las hiciera posible. “Pero ellos sembraron la semillas, porque estaban seguros de que no siempre sería así. Nuestros maestros, que eran sumamente intelectuales, nos decían que teníamos que prepararnos, estar listos para cuando se abrieran las puertas de las oportunidades. Todavía recuerdo con agrado las lecciones de mis maestros de inglés, ciencias y cálculo”. En 1966, una vez terminada la preparatoria en la escuela segregada de Josey, donde fue el primero de su clase, recibió ofertas de las universidades de Harvard, Cornell, Dartmouth y Emory, pero el se decidió por esta última, donde se graduó en Filosofía y Letras. Desde entonces comenzó un peregrinar por el mundo, que lo ha llevado a recorrer lo profundo de África, Asia, Centro y Suramérica. En 1970 se unió a los Cuerpos de Paz en Liberia, África Occidental, lo que le dio un vuelco total a su vida. “Vivía en un pueblo pequeño, en la selva, en una casa sin servicios. Allí me tocó construir mi propia letrina. Viví hombro a hombro con personas de escasos recursos, pero grandes en espíritu. Yo tenía bastante, si me comparaba con ellos, pero esta gente jamás se consideraba pobres”.
Lo que más le impactó de esta primera experiencia en África fue que a pesar de la falta de recursos económicos, los liberianos tenían una gran autoestima, que los hace diferente a cualquier comunidad pobre del Tercer Mundo, especialmente a las de América Latina. Luego de tres años de servicios en Liberia, Palmer regresó a Estados Unidos, donde se vinculó como director administrativo y financiero de la Universidad de Virginia en Charlottesville, al tiempo que adelantaba su maestría en Historia de África, en la Universidad Sureña de Texas, donde se graduó en 1973. Pero Palmer sentía que su compromiso con África no había terminado. Por ello, al año siguiente empacó maletas y regresó a Liberia. Se radicó en Suakoko y, durante dos años, se desempeñó como profesor de historia en Cuttington Collage. Regresó a Estados Unidos y, en 1978, recibió su doctorado en Administración de Educación Superior e Historia de África, en la Universidad de Indiana, en Bloomington. Su trabajo académico continuó en la Universidad de Wake Forest, Winston Salem, Carolina del Norte, en donde estuvo hasta 1981, antes de ser seducido por la vida diplomática.
El diplomático Larry Palmer encontró una manera distinta para ayudar a los grupos vulnerables del tercer mundo –con quienes ha tenido una profunda empatía–, precisamente mientras servía en África. Como académico, le impresionaba mucho el conocimiento que los miembros de la embajada de Estados Unidos en Liberia tenían de esta nación y del continente en general. Cuando llegó a Carolina del Norte, en 1978, ya había acariciado la posibilidad de presentarse a los exámenes exigidos para la carrera diplomática. Así lo hizo, y luego de seis meses de intensa preparación en idioma, historia, política, economía y cultura de América Latina, en noviembre de 1981 fue admitido por el Departamento de Estado. Su primera misión fue como vicecónsul en República Dominicana, en donde estuvo por tres años. Este período fue de gran relevancia para Palmer, no sólo porque fue su despegue en el servicio internacional, sino porque la historia de La Española, como llamó Cristóbal Colón a ese paraíso caribeño que hoy conforman Haití y República Dominicana, tenía una atracción especial para el nuevo diplomático, especialmente por las batallas que allí libraron los soldados haitianos quienes, con base en su coraje derrotaron a las poderosas tropas de Napoleón. “Ésa fue una revolución que tuvo gran impacto entre los políticos norteamericanos de la época. Haití, que fue el mayor productor de alimentos en el hemisferio, fue sometido a un aislamiento del cual aún no ha logrado superarse”, dice.
Larry Palmer admite que aprendió mucho de su estadía en República Dominicana. Que esta primera experiencia en una cultura latina la vivió de una manera distinta a la de cualquier otro diplomático, tal vez por su condición de historiador, afrodescendiente y novato en las lides diplomáticas. Allí sufrió en carne propia los embates de discriminación, pero también desarrolló sus propias maneras de enfrentarla. Incluso, no dudó en esgrimir su condición de americano a la hora de defender sus derechos aun en asuntos tan triviales como cuando hacía fila en el supermercado y veía como la calidad de la atención dependía del tono de piel del cliente. La primera etapa de Larry Palmer en América Latina, donde pudo servir a su país y a los menos favorecidos, concluyó luego de pasar por Uruguay y Paraguay. Sierra Leona, México y Corea serían sus siguientes destinos, antes de retornar a República Dominicana, como Consejero de Asuntos Administrativos. La carrera de Palmer iba en ascenso y el supo encausar el poder político y económico en beneficio de las organizaciones con mayor sensibilidad social en República Dominicana, antes de regresar a Estados Unidos a realizar un curso de liderazgo, el de mayor nivel entre los miembros del servicio exterior de Estados Unidos. Regresó a Latinoamérica en agosto de 1999. Había sido asignado como Ministro Consejero de la Embajada americana en Ecuador. Luego de dos años, asumió como encargado de negocios, coincidiendo con una época de dificultades para Ecuador, ante la caída del presidente Jamil Mahuad, la dolarización de la economía y el secuestro de tres americanos, uno de los cuales murió en cautiverio. Tres años más tarde, Larry Palmer fue nombrado embajador en Honduras, donde su trabajo diplomático también estuvo marcado por el servicio a las comunidades menos favorecidas.
La Fundación Interamericana En 2005, la presidencia de la Fundación Interamericana, una de las organizaciones de cooperación internacional más prestigiosas de Estados Unidos, quedó libre. El cargo se lo ofrecieron a Larry Palmer, quien había pasado gran parte de su vida en países del Tercer Mundo y entendía su modo de pensar y sus carencias.
El diplomático recibió esta oportunidad como una bendición, pues a través de esta entidad podría seguir cumpliendo con su sueño de ayuda a los sectores vulnerables de América Latina, tal como se refleja en su gestión de 2006, al respaldar más de 100 proyectos de desarrollo para comunidades pobres. “Una persona pasa casi toda su vida tratando de balancear oportunidad y tiempo, sin que esto se dé siempre. En este caso coincidieron el tiempo y el lugar. He vivido con grupos vulnerables por mucho tiempo. En Honduras, por ejemplo, es muy fácil saber que como embajador traté de hacer más cosas para los grupos vulnerables que para los otros, porque ellos tienen que enfrentar cada día la impotencia con respecto a lo que puedan hacer con sus vidas”, dice Palmer. El propósito de la Fundación es brindar oportunidades a grupos de base para mejorar su calidad de vida, promover su desarrollo. Palmer, asegura que aquí consiguió la oportunidad de hacer más por estas comunidades. “Como diplomáticos tenemos que proceder bajo la política de Estados Unidos, pero la política del Departamento de Estado es específica para cada país. Como otra agencia del Gobierno tenemos una política semejante a las del Departamento de Estado, pero no la misma. Nuestro mandato del Congreso es tratar de fortalecer los vínculos de amistad entre el Gobierno de los Estados Unidos y América Latina”, explica Palmer. La Fundación responde a las mejores propuestas que recibe cada año por parte de los grupos comunitarios con ideas claras de cómo resolver los problemas que enfrentan, especialmente en temas agrícolas, de medio ambiente, educación y microempresas. “Todo nuestro dinero va a grupos pobres y vulnerables. Las mejores ideas vienen de esos grupos. Una de nuestras prioridades es ayudar a la gente de la región del Pacífico”, agrega Palmer, quien vino a Colombia invitado por la sección de Asuntos Públicos de la Embajada americana, para hablar con la comunidad afrocolombiana. Con respecto al tema afrocolombiano, Palmer advierte que desde Estados Unidos el grupo de congresistas negros está liderando un proceso que pretende levantar la autoestima de más de 150 millones de afros en América Latina. En ese mismo sentido, explica que entre las prioridades de la Fundación Interamericana tiene que ver con programas de desarrollos para afrodescendientes, al tiempo que se alienta la inclusión de estos grupos en la vida social y política de sus países. “Los afrolatinos están descubriendo su potencial, pero tienen que hacer su parte para mejorar los procesos de educación, los servicios de salud y la participación en el Gobierno”. Palmer asegura, además, que los políticos afroamericanos pueden destinar fondos para que lleguen directamente a las comunidades negras. Según el diplomático, el grupo de congresistas negros tiene la voluntad de hacerlo, pero necesitan saber que los afrolatinos son serios, para poder destinar recursos a la solución de los problemas que padecen. “Tenemos que hacer ver que la diversidad es buena, que todos mejoramos con ella. Por ahora, el primer paso es fortalecer el orgullo afro. En Estados Unidos, ejemplo, James Brown, popularizó la expresión ‘Yo soy negro y orgulloso’, contrario a decir ‘Yo soy negro, pero orgulloso’. Entonces, a partir de allí se creó una semilla.
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